Cambio Climático y Pandemia: una cuestión de Salud Pública

Es fácil recordar como en 2018 y 2019 los incendios devastadores de la Amazonía brasileña daban la vuelta al mundo, cómo se hizo viral el vídeo de un orangután enfrentándose desesperadamente a una retroexcavadora que destruía su bosque en Indonesia o cómo unos increíbles incendios arrasaban Australia, país que registraba récords históricos de sequía, temperaturas extremas y fortísimos vientos.

En nuestro planeta todo está conectado y estos datos, no son datos aislados sino los eslabones de una misma cadena.

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) relacionadas con la agricultura, la silvicultura y los cambios de uso del suelo, suponen el 24% del total de emisiones antrópicas a nivel global[1] y ocupan el segundo lugar en el ranking de emisiones GEI, tan sólo por detrás de la quema de combustibles fósiles para producción de electricidad y calor. La mayoría de estas emisiones, procede del cambio de uso del suelo derivado de la deforestación y la roturación de tierras para la expansión de la agricultura intensiva y la ganadería. En el top tres de los cultivos intensivos o alimentos que más contribuyen actualmente a la deforestación encontramos la soja (muy utilizada en la producción de piensos para ganado y como biodiésel), el aceite de palma (empleado en múltiples sectores destacando cosmética y alimentación) y la carne de vacuno.

[1] IPCC (2014)

 

Fuente (imágenes): Reuters Fuente (imagen satelital): FIRMS (Información sobre incendios para el sistema de gestión de recursos, por sus siglas en inglés) perteneciente a la NASA.

Nuestros bosques no solo absorben CO2, sino que atenúan el clima local, protegen los suelos de la erosión, protegen los recursos hídricos y entre otras muchas funciones proporcionan el hábitat a millones de especies, muchas de las cuales son casi desconocidas para la ciencia. Virus, bacterias, parásitos, hongos en su gran mayoría benévolos y que sólo se reproducen en sus anfitriones, pero ¿qué pasa si su hábitat es atacado o destruido? Pues que pueden encontrar nuevas especies anfitrionas y vectores para diseminarse, en algunos casos con mucho éxito.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) señala que el 70% de los últimos brotes epidémicos surgieron con la deforestación (el VIH, el ébola o el SARS saltaron de animales a humanos después de destruir selvas y bosques tropicales). Epidemiólogos y ecologistas de todo el mundo advierten que brotes de enfermedades similares al SARS-Cov-2 (COVID-19), son más probables en el futuro como resultado de la deforestación, el cambio climático y las presiones del ser humano sobre el medio ambiente.

Aún hay quien piensa que todo lo que pasa en nuestro planeta no está conectado, que da igual arrasar millones de hectáreas de bosque, que da igual traficar con animales exóticos, que da igual que las ciudades se conviertan en lugares inhabitables y que en líneas generales todo vale, pero la verdad es muy distinta.

Por ello, la importancia de mantener y reforestar  nuestros bosques pasa a primera línea y en el Grupo INCLAM lo sabemos muy bien, ya que desde hace años somos carbono neutral compensado nuestra huella de carbono al 100%. Además, con nuestro programa Refo-restaCO2, con el que ya hemos plantado más de 45 hectáreas de árboles, ayudamos a otras empresas a que puedan dejar una huella positiva en nuestro planeta e involucrarse directamente en la mejora de la salud de todos sus habitantes.

Si queremos tener un planeta mínimamente digno que dejar a nuestros descendientes, si no queremos que otro virus nos ataque incluso con más fuerza que el COVID-19, es hora de asumir la realidad que vivimos. Y así lo destacaba María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS en las  Jornadas Iberoamericanas sobre Coronavirus y Salud Pública; “El cambio climático es el vector principal para las enfermedades” aludiendo a que las últimas epidemias han venido dadas por el salto de la salud animal a la salud humana. Las condiciones ambientales de estrés, con deforestación y prácticas agrícolas muy intensivas, la no preservación de la biodiversidad, los combustibles fósiles, toneladas de plásticos en los océanos (plástico que nos comemos), la escasa gestión de residuos derivadas de los procesos industriales, sin contar con las emisiones de gases de efecto invernadero, etc. Todo ello contribuye diariamente a un aumento de enfermedades infecciosas: “El cambio climático es un auténtico problema de salud pública y no una simple cuestión de activismo”.

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